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Teixadal 1 - 2:58 PM, 18/9/2009

Para un papa nuevo que me ha pedido informacion sobre el mitico Teixadal, los mas "veteranos" ya lo habeis leido pero os gustará rellerlo.

 

“Subís por la boca de la mina, y luego tendréis que dejar el coche y caminar una hora para llegar al bosque, esta difícil pero con ese bicho podéis llegar.”

 

Junio de 1991. Atentos y con la boca abierta, estábamos Carlitos, Andrés y yo, delante del dueño del restaurante/hostal Casollo, en el pueblo del mismo nombre, a escasos kilómetros de Peña Trevinca, el famoso Pico y fallida estación de esquí en la década de los 80, donde habíamos pasado la noche acampados, disfrutando de la luna y los amigos.

 

Queríamos llegar al Teixadal, un bosque de Tejos con especies prehistóricas, que se había descubierto recientemente en un recóndito, muy recóndito valle de las montañas que rodean el punto de unión de las tres provincias : León, Zamora y Orense.

 

Este bosque lo había localizado en los mapas, con mas o menos precisión pero llevábamos un día buscando el acceso y no lográbamos dar con la entrada al valle.

 

Nos pusimos en marcha después de un café con orujo y nos adentramos por la pista que saliendo de la Ermita del Cristo de Casollo, avanza hacia unos lavaderos de Pizarra abandonados. Con el Uaz descapotado, íbamos recibiendo el sol de principio de verano y riéndonos de cómo habíamos logrado llegar al lago de La Baña, en Truchas,  la tarde anterior sin tenerlo planeado.

 

Llegamos al Lavadero y lo visitamos, trasteando en aquellas maquinas oxidadas y jugando entre las ruinas. Después, avanzando despacio dimos de bruces con un poblado minero abandonado. Nos metimos de lleno en lo que fue un poblado minero de una antigua mina de wolframio (precisamente nuestro destino final), donde vivían los mineros sus escasos ratos de descanso. Ahí si que nos sentíamos parte de un western, estuvimos en la cantina, que aun conservaba, muy deteriorado eso si, su aspecto original y algunos muebles carcomidos. En los vestuarios, con los ganchos colgados del techo donde los mineros dejan sus ropas tradicionalmente. En fin recorrimos todo lo que se podía recorrer con la misma ilusión de los 10 años, pero a los vientipocos.

 

Al final intentamos seguir por la pista principal y el derrumbe de una de las casas del pueblo, la había cortado haciendo imposible pasar. Tuvimos que volver sobre nuestros pasos y vadeando el arroyo que pasa por el medio del poblado, logramos retomar nuestra pista.

 

Esta, convertida ya en trocha del ancho de un carro, de los que les llevaban a la mina, se retorcía subiendo y bajando dos valles consecutivos, hasta que observamos como el camino principal se perdía entre matas y escombros de mineral, a la vez que la trocha bajaba hasta unas colmenas que se adivinaban al fondo del valle.

 

Dejamos el coche y avanzamos por el camino tapado comprobando que un kilómetro mas adelante estaba la entrada de la mina y el fin del camino. Así que buscamos si se podía dar la vuelta (dentro de la mina se pudo) y fuimos a por el UAZ y nos convertimos en el primer coche que volvía a circular por esa pista muchos años después.

 

Visitamos la mina y descubrimos el sendero apenas marcado que circulaba por encima de la bocamina hasta un bosque que se vislumbraba a lo lejos en el vértice del valle.

 

Y lógicamente intentamos subir trepando por la ladera para coger el sendero allí mismo. Tras comprobar la imposibilidad de la aventura después de caernos dos veces y perder unas gafas de sol, tuvimos que rendirnos a la evidencia y volver sobre nuestros pasos a buscar el inicio del sendero, que estaba……… donde habíamos dejado el UAZ la primera vez.

Estuvimos andando cerca de una hora y media para hacer los apenas tres kilómetros que nos separaban del bosque, porque la senda era una maraña de maleza y debíamos andar en fila de uno hasta que llegábamos a los zarzales y en manga corta y pantalón corto los pasábamos con mucha aprensión.

 

Pero cuando llegamos al Teixadal había merecido la pena. Los tejos crecían en formas inverosímiles por encima de un arroyo que bajaba en cascadas hacia el valle; hacia frío, mucho frío, porqué allí no llegaba el sol mas que en solitarios rayos. Todo era verdor salvaje, ninguna fotografía de bosques, ninguna imagen de película por mucho que hayáis visto, se parecía  apenas a lo que nosotros estábamos disfrutando en esos momentos.

Nos sentamos en una roca debajo de un tejo, en medio del arroyo para hacernos unas fotos…….. que al final acabaron con la cámara dentro del agua.

Estuvimos tres horas recorriendo ese rincón de la tierra, por todas las partes, teníamos frío, pero también la sensación de que aquello era único, especial y había que disfrutarlo.

Llenamos las cantimploras y nos fuimos poco a poco hacia el UAZ, hablando poco y pensando muchas cosas. Cuando llegamos, el sol apenas se distinguía entre las montañas y la Luna orgullosa y llena, nos alumbro en la vuelta, primero hasta el Poblado, luego a la Carretera y cerca de las 5 de la madrugada a Valladolid.

 

Volví un año después yo solo allí, con la intención de “desaparecer” una temporada de relax. Tristemente, desde la civilización ya habían preparado rutas turístico-ecológicas en las que gente del pueblo llevaban en los land rover a turistas, que estaban dejando por allí pequeñas basuras, plásticos y  senderos, en una zona de imposible acceso durante el invierno y muy difícil durante el verano.

 

Como ya os dije……. Tempus fugit.

 

Kifaru

Muy mayor.

 

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